viernes, 24 de junio de 2011

Nota del autor

DISPARADORES PARA ESCRIBIR LA PIEZA.

En muchas madrugadas de los ‘90s, mientras nevaba sobre las calles de mi pueblo, alterné la lectura con el Family Game, el video juego que compartía con mi hermano que siempre quiso tener un Súper Nintendo. Y para que las horas se pasen más rápido, como no había mucho que hacer, miraba en la televisión Sin Condena y me asombraba con las actuaciones desbordadas de Lara Zimmerman, me emocionaba con Grande Pá!, me reía con las Tortugas Ninja, y soñaba con ser uno de los chicos de Jugáte Conmigo para bailar con Cris. También quise ser la chica del vestido blanco para agarrar muchos billetes en la cabina de Finalísima, tener magia como Sailor Moon, volar como Gazparín y que me quiera Gastón Pauls como a Nancy en Montaña Rusa.

En mi habitación tenía un poster de Axl Rose, uno de Jazzy Mel, y otro de Machito Ponce. A escondidas bailaba Xuxa, Loco Mía Gilda, Las azúcar Moreno, y Vilma Palma e Vampiros. Y a la hora de pensar en mis amores platónicos, me acompañaba la música de Jhon Secada, Carlos Mata, y Franco de Vitta.

Los ’90s para mí fueron significativos, me enamoré por primera vez, terminé la secundaria, volví de mi viaje de egresados, agarré mi Movicom, coloqué mi disc – man, (que adentro tenía El amor después del amor de Fito) en la mochila, y dejé la Patagonia para conocer la gran ciudad.

Llegué a Buenos Aires, cuando ya la pizza y el champagne era el menú de muchos empresarios en ascenso y de parte de la farándula, mientras que la costanera era la de meca para los despilfarradores del uno a uno que solo pensaban en adquirir más status.

Aterricé en la jungla de cemento atravesado por un tiempo de declaraciones frívolas, y organizaciones ilícitas que evadían impuestos, un tiempo de modelos Top, de desfiles en la costa y el fantasma de la anorexia amenazando a primas y amigas.

Tiempos que de trueques, el estigma de la desocupación y el sálvese quien pueda. Tiempos donde María Julia apareció con un tapado de visón en la tapa de una revista, Liz Fassi Lavalle y su marido eran noticia, tiempos de Cavallo, Barrionuevo, Alderete, Manzano, Adelina de viola, los Yoma y donde el patilludo asomaba en cuanto programa de televisión había, bailando con odaliscas, mostrando una Ferrari, o haciendo que jugaba algún deporte. Tiempo de Filipinos embarazados y tamagotchis, la efedrina del diegote, Goygochea y los penales, el odio al arbitro Codesal, el jarrón de Copolla, Samanta y Natalia, Mauro Viale, Neustad y su huevo, Mariano Grondona como algo serio y Mariana Nannis bañándose en Champagne.

No fui a bailar a Ski Runch, al El Cielo, Caix, o Pacha. Pero si me zambullí en las noches de los Nightclub, visité asiduamente El Dorado, Morocco, Ave Porco, Enigma, Experiment, y Bunker, que me vieron bailar frenéticamente buscando alguna caricia, mientras soñaba con hacer obras de teatro.

MALICIA es una libre parodia, un homenaje personal, una revisión arbitraria de los '90. Un rediseño de una época que me fue sustancial. Los personajes hablan de cosas de las que yo hablé y me preocupaban, algunas, aún hoy, resuenan en mi mente, otras me resultan añejas, de otras nunca volveré a hablar jamás. Esta obra EXISTE para dejar atrás lo que fui, para recordarlo con alegría, y un poco de dolor, con humor y remembranza.

MARTIN MARCOU

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