viernes, 15 de julio de 2011

Nota en Revista Llegás. “no comulgo con esa idea de subrayar la putez”


CONOCIDO POR SUS TRABAJOS LIGADOS A LA CUESTIÓN GAY, EL DIRECTOR MARTIN MARCOU INTENTA DESPEGARSE TODAS LAS ETIQUETAS QUE SE LE ATRIBUYEN. EN SU NUEVA OBRA MNALICIA SE INMISCUYE, CON CIERTA NOSTALGIA POP, EN LA DÉCADA DE LOS 90.

Es puro prejuicio. Leyendo al pasar en las agendas teatrales títulos tales como Tortita de manteca, Lame Vulva y Desmesura vaginal; o mirando sus fotos de prensa donde siempre busca una imagen desbordada frente a la lente, cualquiera pensaría que Martín Marcou es un director frívolo que padece de un “almodovarismo tardío”, y que sus ideas giran en torno a escandalizar burgueses representando mujeres fálicas y putos sacados. Siguiendo esta pista, todo daría a suponer que encontrarse con él sería enfrentar a un sujeto arrollador, que abduce toda tu energía y la arroja al cesto como un plan inconducente. Pero todo esto es puro prejuicio. La tranquilidad de Marcou al expresarse parece inamovible y su paz interior genera cierta envidia no sana. Todo esto se lleva de patadas con la descripción sobre sus títulos e imágenes públicas, pero el relato sobre su origen aclara un poco las cosas. “En realidad yo me crié en un pueblo de 120 personas. Ahí llegó la tele cuando yo tenía 10 años por lo tanto todo lo que tenía que ver con lo lúdico estaba apoyado en el lenguaje de la representación. No tenía formalmente a nadie que me diga: ‘Esto es teatro. Esto es actuar’. Lo hacía de forma intuitiva. A mis diez años llegó un maestro de teatro recién recibido, que nos hacía jugar y actuar. Fue el que me formalizó algunas cuestiones. Él fue el que me dijo que esto es un oficio como cualquier otro. No lo cargó de ninguna cosa”, recuerda Marcou. Ese maestro de teatro desconocía que le estaba entregando las primeras herramientas a un director que se convertiría en un referente de la escena queer local. Aunque posiblemente esta definición también sea una etiqueta más.

—En una entrevista decías, para diferenciarte de un director con el que se te asocia, que tenés un perfil más militante con la cuestión gay… ¿Es realmente así?

­ —Por el hecho que aparezcan personajes LGTB se me podría a mí asociar con una cuestión más militante o un perfil más activista, pero no es lo que yo quiero o prefiero o elijo. Eso se da sobre las asociaciones libres que hace el resto sobre tu trabajo. Cuando me pongo a escribir no pienso a priori: este personaje tiene que ser puto, esta va ser lesbiana porque va generar determinado impacto y va a traer público. Yo trato que los personajes estén insertos en mis obras de una manera hermosa y natural, de una manera simple, lejos de todo manierismo, lejos de cualquier dejo cirquero. Aun hoy sigue existiendo la idea, que yo denosto, esta cosa de cierta celebración por lo gay, de festejar al puto. No comulgo con esa idea de subrayar permanentemente la putez. Cuando me junto con mis actores siempre establezco que no me interesa que el personaje ponga su sexualidad en primer plano. Me parece muy necesario el debate y está bueno poner en jaque cuestiones que tienen que ver con la sexualidad. A mí lo que me interesa contar son personajes que no se cuestionaban su sexualidad. El puto con trauma está demodé.

—¿Creés que puede haber un interés comercial detrás de mostrar personajes gays o referirse a estas temáticas? Sobre todo, porque estos espectáculos definen un público…

—Está en el ambiente teatral que los putos van a ver obras de putos. Se supone que una obra que tenga personajes con diferentes orientaciones sexuales garpa y que eso te garantiza un éxito o un recorrido satisfactorio. Yo no creo que sea así, puede colaborar en algún sentido. Por ejemplo, yo creo que la comunidad gay no va a ver mis obras de teatro. Si me pongo a pensar y a analizar los seis meses que estuvo en cartel Quiero pasar una tarde con Franco, y todas las asociaciones y organizaciones y todo el público LGTB que va a ver otros eventos además de teatro, a mi obra asistió más público que no responde a la comunidad gay. A mí me interesa contar humanidades, si bien no es un dato menor que el personaje sea gay, lesbiana o transexual. Yo privilegio qué le pasa, lo que quiere decir, por qué lo dice y qué rol cumple dentro de lo que yo estoy contando. Nada más.

Ahora Marcou, creador del grupo Teatro Crudo, decide arremeter con una década cercana que es un tema en sí misma. Obviamente, nos referimos a los años 90. Estos años que abarrotan nuestra mente con su sola mención (y generalmente no de cosas muy positivas) tienen en el director un aspecto nostálgico que motivaron la escritura del texto de Malicia, la obra en cuestión: “Los 90 para mí fueron significativos, me enamoré por primera vez, me emocionaba con Grande Pá!, me reía con las Tortugas Ninja, y soñaba con ser uno de los chicos de Jugate conmigo para bailar con Cris. También terminé la secundaria, volví de mi viaje de egresados, agarré mi movicom, coloqué mi disc-man (que adentro tenía El amor después del amor, de Fito) en la mochila, y dejé la Patagonia para conocer la gran ciudad.”

—¿Por qué creés que en los 90, a pesar del caos cultural y económico que imperaba, el teatro tuvo un gran crecimiento en cuanto a los autores y a la producción?

—Porque es una herramienta, un bastón que no sucumbe ante las crisis sino todo lo contrario. Las mejores cosas en teatro han nacido en contraposición a grandes crisis porque tiene una cuestión combativa. Eso pasa porque el teatro es una válvula de escape y un soporte de tolerancia ante cuestiones críticas. Es revolucionario en ese aspecto.

Malicia es la reunión de una gran familia alrededor del menú de la época: la pizza y el champagne. Todos ellos “están interpretados” por algo que los supera y los desborda; la frivolidad funciona como un retrovirus silencioso que se inserta en el ADN y se replica en el cuerpo sin resistencia, es inmanente a él. No hay en el texto referencias directas, lo que haría más fácil encontrar al enemigo y darle castigo. La cuestión crítica de la obra pasa a ser la forma buscada para la representación. Y en esto Malicia da en el blanco. “Me interesaba agrupar en un solo lugar a tantas personas que no diciendo absolutamente nada, están diciendo muchas cosas”, relata.

Más allá de su nostalgia pop con los 90, los elementos que suben a la escena para denunciar esa década son ominosos y esto quizás marque un punto de inflexión en su producción; la forma es más sutil y concreta que cualquier discurso comprometido y panfletario.

Pese a que seguirá asistiendo como figura insoslayable a festivales, convenciones y ciclos LGTB, Martín Marcou muestra que tiene una capacidad de reflexión sobre su propio trabajo que lo convertirá en un buscador permanente de nuevas formas. Y quienes lo vean como un director solamente dispuesto para cuestiones gays, bueno, tendrán ellos mismos que revisar su temita con el prejuicio.
Juan Ignacio Crespo

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